Desde que recuerdo, he sido una pequeña adulta neurótica.
Me exigía -desde los 6 años- ser promedio 10, no porque mis padres fueran a felicitarme, no se decía una palabra ante el boletín impecable, pero eso era bueno, ¡buenísimo! Lo malo hubiese sido un comentario, algo menos que la excelencia académica.
Y al mismo tiempo debía luchar por no caer en un estereotipo que me hiciera impopular entre mis compañeros, ya que bastante aislamiento tenía en casa. ¡Pobre niña, yo, trabajaba tanto, tanto, para mantener esa balanza equilibrada!
Mis diarios íntimos de púber y adolescente son lo más triste que se puedan imaginar, porque tenía tantos sueños ridículos, y tan poca fe, tan poca imaginación práctica y tanta fantasía que luchaba por matar... tanta bipolaridad que agota leerla, hoy. Y me destrozaba entonces.
¿Se puede desandar, desaprender, dejarse ir?
Nunca aprendí a pasarla bien, a pensar en el camino y no en el destino, y la hora de llegada prevista, y lo que tengo que llevar en la valija, y la vianda para el viaje, y el paraguas por si llueve, y un botiquín de primeros auxilios...
¿Será como los perros, que (dicen) si no aprenden a subir escaleras de chiquitos, luego ya no pueden?
domingo, 5 de septiembre de 2010
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1 comentarios:
Poesía que refleja situaciones muy profundas, pero expresadas con notable sencillez, sin rebuscamientos ni efectismos de ninguna naturaleza. Y hacer eso implica un mérito; que aquí se ve.. Y esto me hace recordar una frase que dice que muchos oecurecen las aguas, para que parezcan profundas... Sin contar que respecto del "camino" escribí unos versos que podrían ilustrar este tema, quizás en otro momento vuelva para comentar eso. Si se me da permiso, por supuesto.
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